“A mí no me lo tienen que contar”: la vuelta de Tomás Gandía a Andel, ahora como padre

De alumno de Andel a padre de un alumno

Tomás Gandía es antiguo alumno de Andel y el primero que ha vuelto al colegio como padre de uno de sus alumnos. Más de veinte años separan al chico que llegó sin saber muy bien qué iba a encontrarse del padre que hoy confía a Andel la educación de su hijo. Entre ambos momentos quedan profesores, años de crecimiento y una historia que ahora continúa en la siguiente generación.

El otro día, Tomás Gandía vio por primera vez a su hijo vestido con la americana y el polo del uniforme de verano de Andel.

“Se me encogió el corazón”, recuerda.

No era simplemente el uniforme de un nuevo colegio. Tomás había llevado esa misma identidad durante años. Primero fue alumno de Andel. Después, antiguo alumno. Hoy es también el primer antiguo alumno del colegio que regresa como padre de uno de sus alumnos.

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“¿Dónde me están metiendo?”: sus primeros años en Andel

Tomás todavía recuerda cuando sus padres le anunciaron que iba a cambiar de colegio.

Era un centro nuevo, comenzaba aquel mismo año y estaba vinculado al Opus Dei. Él no sabía demasiado bien qué significaba aquello. Además, era un colegio de chicos, tendría que llevar corbata y el cambio llegaba justo cuando empezaba a interesarse por las chicas.

Con el tiempo, algunas de aquellas cosas que entonces le parecían extrañas terminaron formando parte de lo que más ha valorado de su paso por Andel.

Pero cuando Tomás habla hoy del colegio, no se detiene demasiado en características educativas o académicas. Su recuerdo está asociado sobre todo a personas.

“Veo a los profesionales con los que me he criado durante uno de los momentos más difíciles de mi vida, que fue la adolescencia y la juventud”.

Esa relación no terminó con el Bachillerato.

Años después, varios de aquellos profesores estuvieron invitados a su boda. Entre ellos estaba su preceptor, D. David Diéguez Tapias.

“El primero de todos”, explica, “que tantísimas cosas buenas ha hecho por mí y que sé que todavía sigue rezando por mí”.

Un colegio que también entró en casa

Tomás recuerda igualmente la implicación de sus padres. Les vio participar en actividades para familias, entonces organizadas incluso los sábados por la mañana.

Su experiencia educativa tampoco se limitó a las horas de clase. Habla de las muchas horas que pasó en Cyara, el club juvenil, y de cómo colegio y hogar se complementaron durante aquellos años.

“Creo que Andel hizo un gran bien a mi familia en aquel momento”, afirma.

Con cierta distancia, reconoce también que las primeras promociones no debieron de ponérselo fácil a quienes comenzaban a construir el colegio.

Pero de aquella etapa no conserva únicamente las correcciones o los límites. Lo que hoy destaca es que aquellos profesores intentaron sacar lo mejor de ellos, también cuando los propios alumnos no parecían demasiado dispuestos a colaborar.

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Elegir Andel para su propio hijo

Los años pasaron y Tomás tuvo que enfrentarse a una decisión muy diferente: dónde escolarizar a sus propios hijos. Cuando se le pregunta qué espera que su hijo encuentre en Andel, Tomás habla de “un entorno seguro donde desarrollar sus capacidades intelectuales, físicas y espirituales; libre de ideologías, en verdad y con naturalidad”.

Y lo resume con una imagen muy suya:

“Que el hombre que él quiera ser el día de mañana sepa llevar corbata y chaqueta, y arrodillarse delante de un altar”.

No necesitaba conocer el colegio a través de una presentación. Su referencia eran los años vividos dentro.

Por eso, explica, cuando llegó el momento de elegir, lo tenía claro.

“No me valía otra cosa que no fuera Andel y, por extensión, Fuenllana”.

No habla únicamente de lo que recibió académicamente. Años después de terminar el colegio, cuando tuvo que regresar a la universidad, asegura que volvió a apoyarse en aprendizajes adquiridos durante aquella etapa para alcanzar nuevos objetivos académicos y profesionales.

Y hay otra palabra que aparece en su relato: seguridad. No entendida como ausencia de dificultades, sino como saber con claridad qué representa el colegio y desde dónde educa.

Tomás aprecia especialmente que esa identidad cristiana se exprese sin complejos.

“Cuando entro en Andel, entro como si fuera mi casa”.

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Volver ahora como padre le permite mirar el colegio con una perspectiva distinta. Tomás recuerda haber visto crecer Andel prácticamente desde el principio. Entre los cambios señala especialmente el polideportivo —el espacio que él conoció como un campo de tierra— y la llegada de profesores más jóvenes. “Creo que las nuevas generaciones vienen pisando fuerte”, afirma. Pero también hay lugares en los que el tiempo parece haberse detenido.

“Me emociona entrar al oratorio y verlo tal y como hace veinte años. En silencio, y con ese clima apacible que te invita a sentarte a descansar”.

Y permanecen también algunas de las personas que fueron importantes durante sus años de alumno: D. David Diéguez, D. Jesús Carnicero, D. Antonio Guerra, D. Fernando Martín, D. Víctor y D. Rafael. Tomás lo cuenta con humor: “Deben dormir en formol porque están iguales”.

Volver por las mismas puertas

Dice que entra por las puertas, saluda a sus antiguos profesores y se mueve por el colegio con la familiaridad de quien nunca ha terminado de marcharse del todo.

Incluso durante los años en los que estuvo más alejado físicamente, asegura que nunca rompió ese vínculo.

Actualmente forma parte también de la Junta Directiva de Alumni, desde donde quiere ayudar a otros antiguos alumnos a reconocer lo que su etapa en Andel ha supuesto después en su vida adulta.

Pero ahora ese vínculo tiene una dimensión nueva.

Su hijo empieza su propia historia en el mismo colegio.

Tomás piensa en algunos de los profesores que tuvo y que todavía siguen allí. Le ilusiona imaginar que alguno pueda darle clase. También recuerda a quienes ya no conocerá.

De todos ellos habla como referentes.

Junto a su padre, al que identifica como su primer referente, aquellos profesores representaron para él “el tipo de hombre en el que yo quería llegar a convertirme”.

Ahora observa la historia desde el otro lado.

Ya no es el alumno que se preguntaba dónde le estaban metiendo sus padres. Es él quien ha tomado la decisión.

Y encuentra precisamente ahí una forma de expresar su agradecimiento:

“Creo que no existe mejor manera de mostrar ese agradecimiento que darle continuidad en la siguiente generación”.

Tomás es hoy el primer antiguo alumno de Andel que también es padre del colegio.

Y ya mira un poco más lejos.

Quizá, dice, algún día sus hijos hagan lo mismo. Incluso bromea con la posibilidad de convertirse, dentro de muchos años, en el primer antiguo alumno que vuelva también como abuelo.

Sería otra generación entrando por esas mismas puertas.

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